Cada generación ha pensado que vivía tiempos difíciles. Y todas han tenido razones para ello. Sin embargo, cuando observamos la historia a largo plazo, descubrimos una verdad sorprendente: la humanidad ha avanzado gracias a su capacidad para innovar.
La tecnología no es una amenaza inevitable ni una solución mágica. Es una herramienta creada por personas para resolver problemas humanos.
Este espacio no pretende ignorar los desafíos de nuestro tiempo. Pretende recordar algo que a menudo olvidamos: miles de científicos, ingenieros, médicos, emprendedores y trabajadores están desarrollando soluciones que mejoran cada día nuestra salud, nuestro medio ambiente, nuestra movilidad y nuestra calidad de vida.
Frente al pesimismo, quiero proponer una alternativa: mirar el futuro con realismo, pero también con esperanza ya que nunca antes la humanidad había vivido más años, con menos pobreza, más acceso a educación y mejor atención médica.
Tenemos muchos motivos por creer en la tecnología por todo lo bueno que aporta a nuestra sociedad.


Tecnología Positiva: Como la innovación está construyendo un mundo mejor
Ángel García Torreiro
La energía que no se acaba
Cómo las energías renovables y los combustibles sintéticos pueden impulsar un futuro más limpio


Energías renovables, ¿quien se lo podía imaginar?
Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, obtener energía ha sido una actividad sorprendentemente parecida a una búsqueda del tesoro. Cuanto más combustible encontrábamos bajo tierra, más tranquilos nos sentíamos. Carbón, petróleo y gas natural impulsaron la revolución industrial, alimentaron nuestras ciudades, movieron nuestros vehículos y nos permitieron alcanzar niveles de bienestar que habrían parecido imposibles para generaciones anteriores.
El problema era que aquel tesoro tenía dos inconvenientes. El primero es que, como ocurre con cualquier tesoro, llega un momento en que empieza a agotarse. El segundo es que, además de energía, nos dejaba una considerable factura ambiental.
Durante muchos años parecía que no había una alternativa real. Las energías renovables eran vistas como una especie de simpatía tecnológica: todos reconocían que eran una buena idea, pero pocos creían que pudieran sostener una economía moderna. Los paneles solares eran caros, los aerogeneradores parecían experimentos gigantes y la palabra "transición energética" sonaba más a promesa política que a realidad industrial.
la tecnología tiene una curiosa costumbre: le encanta dejar en ridículo las predicciones pesimistas.
Mientras una parte del mundo discutía sobre si las energías renovables serían útiles algún día, miles de ingenieros, científicos y empresarios trabajaban silenciosamente para mejorarlas. Año tras año, los paneles solares se hicieron más eficientes y más baratos. Los aerogeneradores crecieron en tamaño y rendimiento. Las técnicas de fabricación evolucionaron. Lo que parecía una alternativa marginal comenzó a competir directamente con las fuentes de energía tradicionales.
Hoy ocurre algo extraordinario. En muchos lugares del mundo, la forma más barata de producir electricidad ya no es quemar algo. Es simplemente aprovechar lo que la naturaleza ofrece gratuitamente cada día.
No está mal para una tecnología que durante años fue considerada poco más que un hobby caro para idealistas.
La situación resulta casi cómica si la observamos con perspectiva. La mayor estrella de nuestra galaxia lleva más de cuatro mil millones de años enviando energía hacia la Tierra sin pasar una sola factura, y nosotros hemos necesitado varios siglos para darnos cuenta de que quizá valía la pena aprovecharla.
Lo mismo ocurre con el viento. Durante miles de años lo utilizamos para mover barcos de vela y molinos. Después decidimos ignorarlo durante un tiempo mientras quemábamos combustibles fósiles y, finalmente, hemos vuelto a descubrir que sigue siendo igual de útil que siempre. El viento, por suerte, no parece guardar rencor.
Sin embargo, cuando las energías renovables comenzaron a expandirse apareció una nueva pregunta. Una pregunta perfectamente razonable.
¿Qué hacemos cuando hay más electricidad de la que necesitamos?
Podría parecer un problema extraño. Durante décadas nos preocupó tener poca energía y, de repente, empezábamos a preguntarnos qué hacer con los excesos.
Algunas jornadas especialmente soleadas o ventosas podían generar enormes cantidades de electricidad. Era una magnífica noticia, pero también planteaba un desafío. La energía no siempre se consume en el mismo momento en que se produce.
Y aquí es donde la historia se vuelve realmente interesante.
Imaginemos por un momento que pudiéramos capturar la energía del sol de agosto y guardarla para utilizarla en diciembre. O que pudiéramos transformar una tarde especialmente ventosa en combustible para un avión que despegará dentro de seis meses.
Y aquí es en donde entra el hidrógeno verde.
Utilizando electricidad renovable es posible separar las moléculas de agua y obtener hidrógeno. Dicho de forma sencilla, convertimos energía eléctrica en un combustible almacenable. Es como transformar un rayo de sol en una botella energética para utilizar más tarde.
Naturalmente, los científicos utilizan explicaciones bastante más sofisticadas. Pero la idea fundamental es esa.
El hidrógeno ya representa una tecnología fascinante por sí mismo, aunque la verdadera magia aparece cuando se combina con otro protagonista inesperado de esta historia: el dióxido de carbono.
Pocas moléculas han tenido peor departamento de relaciones públicas que el CO₂.
Lleva años apareciendo en todos los debates climáticos como el villano principal. Y es comprensible. Sus emisiones constituyen uno de los grandes desafíos ambientales de nuestro tiempo.
Sin embargo, la tecnología vuelve a hacer una pregunta que cambia por completo la perspectiva:
¿Y si en lugar de ver el CO₂ únicamente como un residuo empezamos a verlo también como una materia prima?
La idea resulta casi tan provocadora como descubrir que el monstruo de la película puede terminar ayudando a los héroes.
Si capturamos CO₂ de procesos industriales o incluso directamente del aire y lo combinamos con hidrógeno verde, podemos fabricar combustibles sintéticos. Combustibles reales. Moléculas capaces de mover barcos, aviones, camiones e industrias que hoy resultan difíciles de electrificar.
De repente, la energía solar, el agua, el carbono capturado y el ingenio humano se convierten en los ingredientes de una nueva receta energética.
Y, por una vez, la receta no requiere dinosaurios enterrados hace millones de años.
Lo verdaderamente inspirador es que esta transformación no depende de descubrir un recurso milagroso escondido en algún rincón remoto del planeta. Depende del conocimiento. Depende de la innovación. Depende de nuestra capacidad para combinar tecnologías y resolver problemas.
Cada panel solar instalado, cada aerogenerador construido, cada avance en hidrógeno verde y cada proyecto de combustibles sintéticos nos recuerda algo importante: los seres humanos somos extraordinariamente buenos encontrando soluciones cuando nos tomamos un problema en serio.
Quizá dentro de cincuenta años nuestros nietos miren con curiosidad una gasolinera tradicional del mismo modo que nosotros observamos una antigua locomotora de vapor. No porque fuera inútil, sino porque pertenecía a una etapa anterior de la historia.
Y tal vez se sorprendan al descubrir que hubo una época en la que la humanidad obtenía la mayor parte de su energía quemando recursos limitados extraídos del subsuelo, cuando tenía sobre su cabeza una fuente inagotable de energía llamada Sol y la inteligencia suficiente para aprender a utilizarla.
Mi Reflexión final
La transición energética no consiste en renunciar al progreso. Consiste en demostrar que el progreso también puede aprender nuevas formas de alimentarse.